¿La última guardiana de la lengua tehuelche?

Hoy 30 de enero de 2019 el portal INFOBAE publicó una nota escrita por mí dedicada a Dora Manchado y a la documentación de la lengua. El artículo fue replicado después por TiempoSur. Los dos medios agregaron al título (que se presumía esperanzador e interrogativo) un “la imborrable obra de Dora Manchado”.

Les agradezco la publicación, porque estoy convencido que todo el gran esfuerzo que ha hecho Dora, y el que siguen haciendo varios otros es algo que merece ser contado.

Hay dos o tres cositas que en la nota no salieron, pero que estaban pensadas en el texto original, y me pesa. Eran cuatro notas a pie de página, que no suelen aparecer en las noticias de un diario. Se trata de la mención al sitio de la gente que recupera la lengua, http://www.kketoshmekot.org, la mención a mi trabajo en la MEIB de Santa Cruz (institución responsable del viaje a Las Heras que se menciona en la nota, y, sobretodo, de que yo empezara a colaborar con este proyecto), la mención que en San Julián una placa recuerda a los marinos muertos pero no a los tehuelches, y la aclaración de que “el diccionario de Ana” es el de Ana Fernández Garay, que había trabajado con la lengua mucho antes que yo.

Acá está, entonces, el texto original.

“Patagones” es el nombre que fue dado por Magallanes a la gente que encontró en las costas de San Julián allá por 1520. Tres cautivos se llevó el portugués de recuerdo a bordo de su Nao Victoria[1]. Uno de ellos (el único que sobrevivió unos pocos días) enseñó algunas palabras en su lengua al cronista de la expedición, que las escribió en su cuaderno de notas. 

A pesar de la Historia, aquella lengua patagona, tehuelcheaonekko – o, como ella la llamaba, aukko – era todavía recordada por Dora Manchado, fallecida hace pocos días. Para los tehuelche, que tan extinguidos figuran en los medios y hasta en libros escolares, ella era un símbolo de su pueblo. Aprendió su aukko allá donde nació, en la “Reserva Camusu Aike” (“un nombre que le pusieron esos de Buenos Aires que no saben ni dónde están parados”). Cuando todo ese mundo se fue reduciendo, fue dejando de usar esas maneras de hablar. En sus últimos años, en Río Gallegos, Dora usaba el tehuelche sólo para charlar con su hermana, con alguna amiga, hasta que ya no tuvo con quién. 

           Que unas personas abandonen una lengua para pasar a otra sucede desde siempre, pero ahora el proceso se hace cada vez más rápido. La mayoría de las lenguas del planeta se va perdiendo, muchos dejan la propia para pasar a hablar una de mayor difusión. Esta situación genera dos respuestas políticas. Por un lado, las instituciones que representan a las lenguas mayoritarias compiten entre sí. Por el otro, algunos investigadores junto a activistas locales intentan la defensa de las lenguas amenazadas. Todo esto es importante para estudiar aspectos de los conflictos interculturales entre los pueblos minoritarios y las sociedades nacionales, como el funcionamiento de la educación, la justicia o la salud. Es que casi siempre la desigualdad lingüística refleja la desigualdad social. 

Para alertar sobre el tema de la desaparición de las lenguas se suelen hacer paralelos con la desaparición de los animales, al menos con algunos simpáticos como koalas o pandas. Se tiende a olvidar que las lenguas no son organismos vivos, si no una práctica social de las personas. También se habla de “patrimonio intangible” olvidando, otra vez, que las lenguas son prácticas materiales y que sus hablantes las modelan en el tiempo.

 Esta pérdida de diversidad trajo grandes cambios en la manera de entender y de trabajar con las lenguas, porque los lingüistas se implican cada vez más en la vida de la gente con la que trabajan, y viceversa. Muchas veces estas personas no usan estas “lenguas en peligro” para comunicar en su día a día. Estos “últimos hablantes”, transformados en símbolos de su lengua y su cultura, son los más emblemáticas del drama social de la “muerte” lingüística.

 Los esfuerzos para preservar estas lenguas parecieran tener como consecuencia el reducirlas a un objeto, y también a sus hablantes. El título de “últimos hablantes” afecta profundamente sus vidas.

Cuando era una de las pocas que recordaba el tehuelche Dora recibía de vez en cuando visitas de curiosos. Es así como de repente – después de que uno tuvo que abandonar las canciones de cuna que escuchó cuando era chica, los chistes, los nombres de cosas que se usan todos los días “porque antes todas las cosas tenían nombre en tehuelche” y hasta los de tu familia – de repente entonces, viene alguien a golpear la puerta de tu casa y te pregunta “Doña Dora, ¿cómo se decía “pato amarillo”? “¿¡Ahora!?”, habrá pensado Dora, y respondía.

Muchas de esas respuestas sirvieron para armar libros poco serios que hoy se ven(den) en toda la Patagonia y que sirvieron para adornar con nombres supuestamente tehuelches las estancias, escuelas, hoteles y restaurantes de la zona. 

La nueva generación de tehuelches ya aprendió sólo el castellano. “Las madres no enseñaron la lengua para proteger a sus hijos” se escucha por ahí, como si la decisión hubiera sido consciente, como si fuera tan fácil comprender esas actitudes. Además, como si esa “protección” hubiera servido de algo, a esos hijos. Será en parte por eso, porque aún hablando todos en castellano las desigualdades siguen, que algunas personas hoy quieren recuperar su lengua. 

Mi rol de investigadorfue trabajar con Dora Manchado para aprender y también para colaborar con la comunidad. Una comunidad, en el sentido que se le da en antropología, no se refiere simplemente a personas que hablan la misma lengua. Se trata, más bien, de comprender cómo los grupos humanos construyen su participación a la cultura y a la sociedad a través del lenguaje. 

Hay mejores maneras de explicarlo: en un encuentro en Las Heras (SC) entre gente que participa a la recuperación de la lengua, unos de la comunidad Kopolke y otros de Río Gallegos, nos contaron que los chicos del lugar se saludaban siempre diciendo waienguesh, y estaban tan entusiasmados con aprender la lengua que la maestra las había invitado a que hicieran una presentación. Le preguntamos entonces a una nena de Gallegos si había contado en su escuela que estaba aprendiendo tehuelche. Nos respondió más o menos así: “ni loca, si les cuento va a ser peor”. Unos días después en el colectivo de regreso esa nena lloraba al lado mío. Le pregunté si la había pasado mal, para decir algo. Me respondió: “no, lloro de contenta. Yo no sabía que había otros chicos que decían waienguesh”. 

 El tehuelche se usa hoy para desearse buenas noches, buen viaje, para escribir en una taza “feliz día” y para cambiar los estados de Whatsapp. La lengua aparece, sobretodo, cuando los más chiquitos dicen cosas que no puedo escribir acá, y los padres se ríen con un orgullo que no sentirían si las dijeran en castellano. Todas esas cosas las enseñaba Dora.

Durante varios meses en 2018 hicimos juntos un gran trabajo de documentación[2], grabaciones y videos para poder aprender la lengua. Esto, siempre y cuando los dolores y el humor lo permitieran, y si uno no metía la pata diciendo algo que arruinara todo. En esos momentos no había nada que hacer, ni intentar comprender. Qué sé yo lo que se siente no poder comunicar con nadie en tu proprio idioma.

Dora era probablemente una “muy mala informante” y, gracias a esta hermosa calidad, me enseñó que la lengua no es algo que se pueda anotar, ni guardar, ni “salvar”. No tenía la lengua ya empaquetada, lista para que uno se la llevara. Ella sabía perfectamente que lengua significa interacción, pero también confianza, complicidad, picardía, intimidad. Me demostró que “lengua” significa compartir, y compañía. 

Documentar la lengua requería preparar los materiales de antemano. Por ejemplo: hoy vamos a pedirle que nos explique estas cosas que figuran en el diccionario de Ana[3]. O: vamos a ir al centro de interpretación a mostrarle pájaros de la zona. También: vamos a pedirle que nos cuente los cuentos del año pasado, que quedaron mal grabados. 

Nada era tan fácil: “si esos cuentos ya los sabés”, contestaba o “hace mucho joshn para bajar acá, ¿no querías ir a tomar un helado, vos?”. En cuanto al diccionario, para ella no eran palabras sino imágenes :

  • Gaiaqqeshkke ‘em gato dice acá, Dora. ¿Gaiaqqe quiere decir “cariñoso”? 
  •  ¿Y qué gato sería ese? Uno peludo que tenía yo sería, que siempre echado encima de mí andaba. 
  • Ol’aijj, Dora, ¿qué quiere decir? 
  • Gómez era. Así le decían, porque era ol’aijj, bien chata la nariz tenía. Venía cortando mata negra por el campo, y mamá se la compraba a veces.
  • Tchaito sh emqe, dice acá.
  •  ¿Y quién habrá dicho eso? La María no, si no fumó nunca la María.

Una lengua no es algo que se tiene, si no que se hace. Si al sacarla del horno te explota una asadera de vidrio, vas a escuchar “dejeshkk kkattenwe”, y también “qué risa que me da”. Si preguntás cómo se dice “ellos hablan en tehuelche” tal vez te toque aprender “hoy me duele la rodilla”. Si ese día no hay nubes, quizás aprendas a decir ppa’wen mañana, cuando las haya. De a poco vas a ir memorizando “¿dónde está mi bastón?”, “abrile la puerta a la Pelusa, que quiere salir”, y “servite vos también que comer sola me da vergüenza”.

          Recuperar una lengua es algo muy difícil, lleno de contradicciones y sinsentidos. No todos quieren participar en esta reconstrucción. Gracias a Dora Manchado tienen, si así lo quieren, la posibilidad de reafirmar su pasado y de reconstruir su identidad – un derecho de todos.

Aio t nash ‘a’ieshm ten kot ‘awkko, así dijo Dora la última noche que estuvimos juntos. A lo mejor mañana alguien va a hablar en tehuelche. 

 Javier Domingo – javier.domingo@umontreal.ca

Departamento de antropología – Université de Montréal


[1]En la costanera de San Julián hay una réplica de esa nave. Unas placas recuerdan a los marineros muertos. Ninguna recuerda a los patagones.

[2]El proyecto de documentación de la lengua tehuelche fue financiado por el Endangered Languages Documentation Program del SOAS – University of London, el Endangered Language Fund y el departamento de antropología de la Université de Montréal. Anteriormente (2016), yo había trabajado para la MEIB del Consejo Provincial de Educación de Santa Cruz, coordinada por Marcela Alaniz.

[3]Ana Fernández Garay, la lingüista que analizó y describió la lengua tehuelche, siempre con ayuda de Dora Manchado y – sobretodo – de su hermana María.

Otros materiales disponibles:

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