Parque Nacional Nahuel Huapi

Me llegan consultas “por todo esto que está pasando” en el Parque Nacional Nahuel Huapi, y yo no sé hasta qué punto tengo algo para comentar. Nací en el medio de ese parque y, desde esa autoridad (que considero un privilegio, pero que no elegí) no puedo menos que decirme feliz porque un gran grupo de personas defienda el Nahuel Huapi de las ocupaciones de tierras. Demasiadas veces me sentí humillado y con bronca por ver un supuesto parque (un lugar de recreación), por lo demás nacional (es decir, público), dividido por alambrados y tranqueras, decorado con carteles que indican “propiedad privada”. Demasiadas veces me han echado de senderos, bosques y hasta de playas – en el medio de ese Parque Nacional – con la excusa de que “este lugar es privado”. Tampoco soy experto en leyes, pero cuentan que eso está prohibido.

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He asistido a la transformación de ese Parque Nacional en un gran condominio privado de vacaciones, nunca para gente del lugar, que mira todo desde cada vez más lejos. Lugares donde yo solía acampar o hacer un picnic familiar han sido convertidos en monstruosidades edilicias sólo apreciables para gente que valora más el poder mostrarse en un sitio como ese que el paisaje que tienen frente a sus ojos. Hay rincones de esa ciudad en que nací donde ya nadie recuerda que ahí delante hay un lago, tapados como están de hoteles (“resorts”, “suites and spa” o como quieran llamarlo) de arquitectura pseudo-alpina construidos en terrenos usurpados, vendidos quién sabe cómo y por quién sabe quién. Antes esos grandes hoteles eran pocos, miraban a una promoción del lugar y osaban una arquitectura local distintiva. Eran concesiones de la administración de Parques Nacionales, y no caprichos de crearse su pequeña Suiza privada.

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Este comentario no quiere ser nostálgico. A pesar de eso, tal vez sirva recordar que antes los chicos jugábamos en las calles nevadas y potreábamos en los inmensos baldíos de una ciudad que hoy ni siquiera tiene plazas (de hecho, ni siquiera tiene árboles). Tal vez contribuya recordar que solíamos bañarnos hasta en las playas del centro, y tomábamos el agua del lago en una ciudad donde hoy más de la mitad de los habitantes no tiene acceso a cloacas. ¡Si fueran sólo las cloacas! “Hay chicos ‘de allá arriba’ que nunca vieron el lago“, se escandalizaba mi madre ya años atrás cuando volvía de su trabajo social en barrios donde el polvo y el viento no dejan abrir los ojos (pero no es por eso que esos chicos no veían el lago).

Entre los comentarios que llegan se critica ese “carnaval de identidades”. No podría estar más de acuerdo. Siempre me ha parecido ridículo que en mi ciudad existiera un grupo de personas vestidas como bávaros del siglo XIX se identificaran como alemanes (por lo general, sin hablar alemán ni tener mucha idea de lo que es Alemania) y vendieran chucrut (una palabra francesa). Las celebraciones que hay en mi pueblo incluyen esa exhibición y otras más, en las que a mí me tocaría vender pizza vestido con polainas. Mi abuela véneta me habría retirado el título de nieto de haberme visto disfrazado de napolitano bailando canciones con una pandereta. Nunca me gustó tampoco que emprendedores piamonteses camuflaran a sus empleadas de aldeanas tirolesas para vender más chocolate (ver nota). Coincido con los detractores de las identidades remezcladas y a la venta. Hoy algunos acomodan sus biografías en cinco minutos, y reclaman la ciudadanía italiana, eslovena, polaca, y quién sabe cuál otra. Detesto también esa proliferación de signos culturales usados como espectáculo, esas cosas escritas en inglés sin ton ni son: Saint Nosequé para un colegio laico, hostel para un albergue, o esos nombres que inventan ahora para cervezas “artesanales” (¡ah, si al menos las llamaran en checo!). ¿Qué decir de esa moda de etiquetar como capresse (así ¡con doble s!) a algo relleno de falsa mozzarella, tomate y albahaca? Sólo por permanecer en el carnaval del paladar, ¿y esos menús de restorán donde se recomienda un “plato del chef” sin aclarar si es de un chef de cocina, de un taller mecánico o del reparto de enfermería?

Siempre vuelvo a ocuparme de las lenguas. Sucede que no se me escapa que me llegan esos comentarios porque este sitio está dedicado a cuestiones alrededor de la lengua tehuelche. Para eso tengo dos respuestas. En primer lugar: no, “Nahuel Huapi” no es una palabra tehuelche, ni dos tampoco. En segundo lugar: no creo que sea una estrategia eficaz, de parte de quienes se sienten ofendidos por “todo lo que está pasando” el llamar en causa a lo tehuelche. Las atrocidades que la sociedad argentina (no colonial, argentina) ha cometido con los tehuelches dan vergüenza al género humano. Conozco muchas historias de vidas tehuelches que han sido una marcha de desgracias. No quiero evocarlas en este lugar, no por mí, si no porque una de las personas con las que tengo el privilegio de trabajar dice “nosotros no queremos revolver esas cosas tristes que nos pasaron. Estamos acá para mostrar algo lindo, y para compartirlo”.

¿Y el Parque Nacional Nahuel Huapi? Tal vez ayude para comprender “todo esto que está pasando” revisar un poco “todo aquello que pasó”. En muchos casos, es todo aquello que no ha dejado de pasar.

Javier Domingo

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(Por si alguien no lo supiera: uno de los artículos turísticos más auténticos del Parque Nacional Nahuel Huapi es el chocolate, un producto de origen agrícola que fuera y es cultivado por los mayas, pero que los españoles conocieron mediante los mexicas o aztecas, e importaron a Europa, donde logró una gran difusión y adquirió prestigio, endulzado con el azúcar antillana, gracias a los aristócratas franceses. Ampliamente trabajado en fábricas suizas y belgas a las cuales debe gran parte de su fama como manufactura comercial, llegó a Bariloche de la mano de inmigrantes italianos del Piamonte, que fueron por lo general asistidos por mano de obra chilena, y que hoy se abastecen a partir de plantaciones de cacao en África occidental y en Brasil, e incorporan en sus mezclas leche, frutos y otras materias primas que cultivan o elaboran otras gentes en otras regiones de Argentina, además de ciertos productos químicos de laboratorio que llegan desde China. De las grandes fábricas de la ciudad, una copió sus diseños de promoción del folclore de una región austríaca, otra utiliza símbolos de la tradición rusa, y una tercera comercializa el nombre de un grupo aborigen de Oceanía que nunca habitó el territorio del Parque Nacional Nahuel Huapi.)

Para cuestiones acerca de las fronteras y los pueblos mapuche y tehuelche, pueden referirse a estos comentarios:

La cordillera de los Andes no es una frontera

La lengua tehuelche no se hablaba en toda la Patagonia

PS: No hace falta resaltar otra causa remota acerca del chocolate, es decir, aclarar que el azúcar antillano era elaborado a partir de una caña proveniente de Indonesia por esclavos que habían llegado al Caribe en navíos portugueses. Como recuerda Borges en El atroz redentor Lazarus Morell (1935) “En 1517 el P. Bartolomé de las Casas tuvo mucha lástima de los indios que se extenuaban en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas, y propuso al emperador Carlos V la importación de negros que se extenuaran en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas.” Como se puede ver, la genuina preocupación por los pueblos “originarios” ha estado desde siempre a la base de las intervenciones y las correcciones de la justicia.

Una respuesta a “Parque Nacional Nahuel Huapi

  1. Conmovedor Javier. Un único comentario: la sociedad argentina, en su diversidad, está aún colonizada, o continúa estando colonizada ahora por los representantes de los poderes eurocéntricos que gobiernan a través de ellos. ¡Jallalla!

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