Curvas del coronavirus: hay cosas más importantes que vivir

Curvas del coronavirus: hay cosas más importantes que vivir

 Quiero agradecer a María Manusia Boland, a Cloe Vessuri y a Betún por su compañía.

Probablemente no haya pasado nunca hasta ahora algo parecido. No podemos hacer etnografía en tiempos de coronavirus. No se puede estar con la gente, no podemos hacer entrevistas, no podemos “observar”, no podemos conversar. No podemos viajar, ni podemos consultar bibliotecas o archivos. La parte sexy de nuestro trabajo está prohibida, la parte más Indiana Jones. Nos queda, como consuelo, leer los diarios o usar la comunicación virtual. Estamos reducidos a volver a ser, como al comienzo de nuestra disciplina, antropólogos de sillón. Desde nuestros escritorios asistimos impotentes al devenir de los acontecimientos sin poder reaccionar ni tomar nota. Mientras tanto, la pandemia dibuja su curva y aparecen, paralelas, otras curvas de comportamiento.

Si no nos toca pasar la cuarentena solos, podemos observar cómo evoluciona la curva del comportamiento doméstico. Al comparar con otros informantes, pareciera que hay un cierto patrón que se repite: todos son gentiles, todos colaboran con las tareas del hogar, todos cocinan más, lavan más, barren más. Aquellas hijas adolescentes que eran díscolas pre-pandemia, hoy son soles y sonrisas. Los hijos pequeños parecen entender todo mejor que los adultos, y dibujan coronavirus sentaditos sin molestar. Los que mejor viven este momento parecieran ser las mascotas, que disfrutan de la compañía humana, y vice-versa. Tanto es así que los veterinarios sugieren no aumentar tanto el tiempo que se les dedica, porque pueden sufrir después (si es que todo esto algún día se termina). Luego de un peak de comida casera y juegos de mesa, pareciera que todo está a punto de explotar, o ya lo ha hecho. 

En este tiempo relativamente corto que llevamos confinados también el consumo ha dibujado sus curvas. Si al principio los bienes más codiciados fueron alcohol en gel y papel higiénico (?), después pasaron a ser levadura, ajo y alcohol del otro, el que se toma. He ahí una veta para investigar: ¿representará la levadura el tiempo disponible y la intimidad? El ajo, ¿se vende como supuesto antiviral, o es que ya no nos importa el mal aliento? Sobre el aumento del consumo de vino y cerveza sobran teorías, casi todas ellas acertadas.

Otra curva interesante es la que ha dibujado la forma icónica del virus, que cambió de color, y de clase social. Aún hoy la lista de países con más gente contagiada parece una reunión del G8. Viajar y contagiarse pudo ser, en América del Sur al menos, un signo de prestigio. Enfermarse indexaba una condición social privilegiada, no como el dengue o el cólera, pobres enfermedades de pobres. En un principio, Santiago declaró la cuarentena en barrios de “cuicos”. También en Argentina, los primeros enfermos eran chetos: un esquiador que volvía de Italia[1], algún otro que había viajado a Estados Unidos. “Los chetos nos van a enfermar a todos los demás” era la alarma del momento, mezclada a resentimiento de clase. Hay ejemplos exitosos: una “diseñadora de moda” uruguaya (parece que las comillas son obligatorias) volvió de Madrid con el virus a cuestas. En Montevideo fue a una fiesta de casamiento, y contagió a unos cuantos.[2] Su“inconsciencia social” se confirmó cuando su empleada doméstica también se enfermó. El ícono de esta clase de individuos (clase delimitada desde muy afuera) en Argentina fue un “surfer”[3]. Rubio como la diseñadora, pero con rulos, fue insultado por la prensa y hasta tratado de “idiota” por el presidente de la república[4] [4], debido a… no se sabe muy bien debido a qué. Oficialmente, por haber vuelto de Brasil en plena pandemia con una tabla de surf en el techo de su auto y, en vez de quedarse en su casa de Buenos Aires, haber seguido viaje hasta la costa atlántica. Que allá viviera su madre poco importó para que su cara sea hoy sinónimo de boludo. En este caso, ni siquiera se necesitó que estuviera enfermo.

Pasado un mes, y gracias al democrático “contagio comunitario”, los insultos se han dado vuelta. Hoy son los pobres los que pueden contagiar(nos): no respetan la cuarentena, salen a cualquier hora. Encima, el gobierno nos los frena, por miedo a la revuelta social. Hoy el boludo no es surfer, si no alguien que sale de su casa para conseguir comida[5] [5], y siente el estigma de quien lo juzga desde una cuarentena pasada en una casa con jardín. 

La curva de la pandemia ha tenido su efecto sobre el personal de la salud, que pasó de ser aplaudido cada tarde, desde balcones y ventanas, a ser amenazado, tratado como “ratas infectadas”[6] y echado de los edificios. Esa justicia de public shaming está viviendo un fuerte apogeo. Empezó en modo justicia por mano propia: “Hola, chicas, quiero decirles que hay gente acá en la ciudad, que no ha respetado la cuarentena después de un viaje: el doctor XX (hijo), la mujer de XX, y Felipe XXX tampoco – volvió de Italia, y hace como si nada”. A este tipo de noticias o de chismes, la gente reacciona, por lo general, un grado más arriba. “¡Hija de puta!” eran los comentarios más leves de un video que aparecía en una red social: una chica corriendo por un parque. Nada se sabía de quién era esa persona, ni cuándo había sido hecho el video. Lo importante parece haber sido insultarla y funarla, porque ponía en riesgo la salud del planeta con su ejercicio al aire libre. 

Esa obsesión por controlar al otro es otro de los cambios pandémicos que saltan a la vista. La opinión pública, y hasta algunos filósofos como Byung-Chul Han[7] nos asustan con predicciones sobre el “modelo asiático” de control social. Distopías que muestran un mundo controlado por apps y monitores centralizados parecen estar a la vuelta de la esquina. Al mismo tiempo, los habitantes del mundo occidental y capitalista no tienen ningún inconveniente en confiarle sus movimientos, gustos, sueños y aspiraciones, y hasta la cuenta bancaria y sus fotos porno a Facebook (y WhatsApp) o a Google

El virus liberticida nos obliga a pensar otra vez qué significa libertad, una idea que la pandemia ha sacudido como todo lo demás a su paso. En nuestras sociedades liberales somos libres de hacer algo mientras no dañemos al prójimo. Hoy pareciera que ese daño puede venir de las acciones más banales que podamos imaginar: saludar a alguien, ir a la verdulería. Gobiernos progresistas encierran la gente en sus casas, y los sostenedores de ideas aún más progresistas muestran estar de acuerdo. En esto también se dibuja una curva, y el disenso aumenta: ¿queremos una libertad negativa (libertà da, en italiano), es decir, una ausencia de impedimento? ¿O queremos, por el contrario, una libertad positiva (libertà di, en italiano), es decir, libertad de acción? ¿Libres del coronavirus, o libres de reunirnos, de tocarnos, de salir a la calle? No es una elección fácil. Según el gobernador de Texas, Dan Patrick, hay cosas más importantes que vivir.[8]

Quienes nos ocupamos del lenguaje tenemos, además de la idea de libertad, la suerte que también la lengua esté trazando otras curvas menos abstractas. La salmonella, por hablar de otra enfermedad, no se llama así por los salmones si no porque la descubrió un tal Daniel Salmon, algo que no le gusta nada al lobby de la salmonicultura.[9]  Hoy estamos discutiendo si es racista decir virus chino (si la gripe española no era española, y la aviar no era de las aves). Por otro lado, notamos el cambio semántico de la palabra “positivo”, tan negativa en este momento. Registramos cómo ciertas palabras, hasta ayer rarísimas, hoy están en boca de todos: comorbilidad – Wuhan – gotículas – pangolín. Otras, si bien conocidas, han aumentado la curva de representación: pandemia – hisopado – mascarilla – respirador. Como contrapartida, hay frases con curvas descendentes: ven que te doy un abrazo –  dale un beso a la tía abuela – vengan a casa a cenar este sábado.    

Más allá del léxico, podemos dedicarnos al estudio del discurso: ¿cómo autenticar una información en tiempos de pandemia? Por ejemplo: “mi prima trabaja en la Secretaría de Hacienda de la municipalidad, y me contó que están equipando un hospital en…”, o también: “dice mi cuñado, que está en la parte de informatización de la justicia, que les pidieron que se prepararan para trabajar desde la casa durante todo el año. Se ve que esto no va a terminar pronto.”

La pandemia da hasta para quienes se interesan por los tabúes lingüísticos, como mostró la discusión acerca de la supuesta prohibición de la palabra coronavirus en Turkmenistán.[10] Una fake news hizo creer que eso era cierto para, finalmente darnos cuenta de que, a pesar de que la noticia no era cierta, el valor del tabú lingüístico seguía intacto: ¿existe un concepto si, de hecho, nadie habla de él? Un aspecto más terrenal de los tabúes es el simpático uso del anglicismo peak en Chile, para evitar su sencillo equivalente en castellano, que sería tan mal visto en “La Tercera”.

En sociolingüística importará investigar, por ejemplo, en ciertas consecuencias lingüísticas del uso de mascarillas, como el hecho que los sordos ya no pueden leer los labios de sus interlocutores [11] Quien aprecie las lenguas artificiales podrá ver cómo se lama al virus en esperanto (kronvirusoj, con el sufijo -oj que marca el plural). Los interesados por el léxico y por la génesis de las lenguas pueden comparar las palabras para coronavirus en los distintos idiomas: koronavirüs en turco respeta, por ejemplo, la armonía vocálica (i – ü), èrànkòrónà, en cambio, en yoruba abandona el latín de virus (gusano) por un (aún) más prosaico èran (problema). La fonética tiene qué decir también: ¿contagian más los hablantes de lenguas con muchas consonantes eyectivas, como el georgiano o el tehuelche[12], por ejemplo?

A los que estudian la performatividad o el “poder de las palabras”, tal vez les interese saber que la fábrica Corona ha dejado de producir su cerveza[13], y está pensando en cambiar su nombre por uno menos conflictivo. No parece una empresa fácil, la lista de problemas que los seres humanos quisiéramos ignorar es bastante larga.

Javier Domingo


[1] El “primer contagiado de Coronavirus de Argentina” tuvo sus cinco minutos de gloria mediáticos:  https://www.infobae.com/sociedad/2020/03/05/fue-a-trabajar-a-italia-volvio-por-el-coronavirus-y-viajo-con-el-primer-argentino-infectado/ (consultado el 21 de abril de 2020). Además, se hizo aún más “famoso” cuando se filmó pidiendo sushi en el sanatorio en que se encontraba: https://www.clarin.com/sociedad/video-clinica-primer-paciente-coronavirus-argentina-pidio-sushi_0_coHOayWx.html (consultado el 21 de abril de 2020)

[2] La noticia ha llegado hasta TheGuardianhttps://www.theguardian.com/world/2020/mar/19/uruguay-coronavirus-party-guest-argentina (consultado el 21 de abril de 2020)

[3] Puede leerse la noticia en: https://www.pagina12.com.ar/255209-cuarentena-por-coronavirus-al-surfer-lo-escoltaron-hasta-su- (consultado el 21 de abril de 2020)

[4] Alberto Fernández, presidente de Argentina: https://www.clarin.com/policiales/coronavirus-argentina-alberto-fernandez-llamo-idiota-surfer-violo-cuarentena-escapo-ostende_0_DJRCWhfRg.html (consultado el 21 de abril de 2020)

[5] Un ejemplo puede verse en: https://www.infobae.com/sociedad/2020/04/11/el-video-de-un-vecino-del-barrio-1-11-14-que-muestra-el-escaso-cumplimiento-de-la-cuarentena/ (consultado el 21 de abril de 2020)

[6] En la siguiente noticia, el caso de una médica a quien le quemaron su auto: https://www.lanacion.com.ar/sociedad/ratas-infestadas-quemaron-auto-medica-coronavirus-la-nid2356506 (consultado el 22 de abril de 2020)

[7] Véase el artículo de Han del 22 de marzo en El País: https://elpais.com/ideas/2020-03-21/la-emergencia-viral-y-el-mundo-de-manana-byung-chul-han-el-filosofo-surcoreano-que-piensa-desde-berlin.html (consultado el 21 de abril de 2020)

[8] Su idea de “sacrificarse para mantener vivo el sueño americano” puede leerse en: https://www.newsweek.com/texas-lt-gov-dan-patrick-fox-news-tucker-carlson-1499106 (consultado el 21 de abril de 2020)

[9] A quien le interese la relación entre enfermedades y nombres puede ver el artículo: Lettau, L. A. (2000). The language of infectious disease: A light-hearted review. Clinical infectious diseases, 31(3), 734-738. En el sitio Sapien.org pueden leer el comentario de Hugh Gusterson sobre los nombres de las enfermedades y el “virus chino”: https://www.sapiens.org/column/conflicted/coronavirus-name/

[10] https://thediplomat.com/2020/04/did-turkmenistan-really-ban-the-word-coronavirus/ (consultado el 21 de abril de 2020)

[11] Existe, de hecho, una campaña para implementar el uso de mascarillas transparentes: https://www.lastampa.it/torino/2020/04/21/news/coronavirus-mascherine-trasparenti-per-poter-leggere-il-labiale-i-sordi-ringraziano-1.38744781 (consultado el 21 de abril de 2020)

[12] Sobre la lengua tehuelche: https://qadeshiakk.wordpress.com

[13] https://www.aljazeera.com/news/2020/04/corona-beer-halts-brewing-coronavirus-200403080422648.html (consultado el 21 de abril de 2020)


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