El manual de lengua tehuelche del Consejo Provincial de Educación

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Hace pocos días pudo verse en la prensa que la Modalidad Intercultural Bilingüe del Consejo Provincial de Educación  de Chubut entregaba un “manual de lengua aonekko” a algunas escuelas de su provincia, de la misma manera que podría haber entregado un jarrón o una copa. La producción de ese “manual”, y el gesto de “entregarlo” tiran abajo cada uno de los puntos mencionados más arriba y colocan al Estado en el lado opuesto de lo que quiso mostrar su propaganda: en el de apropiador de conocimientos y opresor de derechos. Lo más grave del gesto es, una vez más, haber ignorado a la comunidad.

La noticia, publicitada desde el mismo Consejo de Educación, pueden verla en este enlace :

http://www.chubut.edu.ar/nuevachubut/2017/10/27/educacion-lanzo-el-libro-aprendamos-aonekoayen-en-su-visita-a-escuelas-con-eib-de-la-zona-sur-de-la-provincia/

(consultado el 30 de abril de 2018). Si ya no funcionara, pueden descargarla desde este enlace : eib lanza el libro aprendamos aonek’o ‘a’yen

Hace mucho tiempo que la comunidad “tehuelche” trabaja  con mucho esfuerzo para recuperar su lengua. El Estado considera con este tipo de gestos que apoya una “revitalización”. Recuperar una lengua significa poder usarla y no contar con un “manual” entregado desde alguna oficina. ¿Cuál es la “lengua” que ese manual pretende enseñar? Se trata de ese objeto que algunos expertos llamaron “tehuelche”. Es verdad que gracias a ese trabajo de documentación hoy los aonekkenkpueden intentar reclamar su lengua pero, ¿cómo puede considerar el Estado (¡el propio Consejo de Educación!) que una comunidad indígena va a hablar la lengua que ellos deciden?

Por otro lado, la romántica visión de una lengua como alma de un pueblo puede ser propia de los directores de la EIB, pero seguramente no es una verdad universal. ¿Responde esta iniciativa a las conclusiones de una etnografía sobre los valores de la lengua, sobre las actitudes y las ideologías lingüísticas de la gente que se quiere ‘instruir’? ¿O se trata, más bien, de una iniciativa de gran sentimiento político, pero sin ningún sustento antropológico?

Con todo esto no se pretende negar la necesidad de materiales para enseñar la lengua, si no señalar que no es legítima la imposición de un modelo. La iniciativa chubutense no sólo dibuja una frontera ficiticia a una lengua (en este caso, los límites de la Provincia de Chubut, que ignoran al pueblo ‘tehuelche’ de Santa Cruz, por ejemplo), si no que daña profundamente el derecho de la comunidad aonekken a conducir el destino de su lengua y cultura. Menos aún puede hablarse en este caso de “recuperación de lengua”. Es sabido que este tipo de iniciativas impuestas “desde arriba” está condenada al fracaso.

Los aborígenes de la Patagonia fueron ignorados y “extinguidos” en el imaginario popular. El Estado con este gesto ha continuado a negarle su rol político e identitario. Estos proyectos se construyen con los hablantes, no es un juego entre expertos. Una lengua que se usa es una práctica en movimiento y si el Estado quiere colaborar para que su recuperación tenga efecto tiene que modificar su política lingüística, tiene que dar lugar a las demandas de los pueblos. ¿Dónde está el uso público de la lengua en cuestión? ¿Cuál es el respeto a las Leyes internacionales sobre Derechos Lingüísticos? No se puede intentar inventar una “revitalización” si no se encara seriamente el problema de la poca valoración  social y política de la lengua en la sociedad.  ¿Ocupa la lengua espacios públicos? ¿Tiene algún lugar en la Educación pública? ¿Es posible imaginarla como instrumento de comunciación cotidiana o se trata de una ‘cosa’ para guardar en un armario? ¿Se preguntó el Estado quién es el legítimo propietario de la lengua o usó una vez más su poder paternalista?

La revitalización lingüística necesita que la lengua sea enseñada en la escuela, y necesita de hablantes especializados en la enseñanza. Si hoy la lengua no se enseña en ninguna universidad, ni existen investigaciones sobre su didáctica ¿qué sentido tiene crear un “manual” que, a lo sumo, reproducirá los esquemas coloniales que se dicen combatir? ¿Cómo piensa el Estado revitalizar la lengua si no forma personas para poder hacerlo, si no aplica ninguna política para asegurar que la lengua sea efectivamente usada? Una vez más, por supuesto que los materiales para la enseñanza son útiles y bienvenidos, pero la lengua necesita de hablantes orgullosos de sus raíces, concientes de su historia e identidad y esto seguramente no se logra si se continúa a ignorarlos en las decisiones que los afectan directamente.

El ‘manual’ (las comillas son obligatorias en este caso) en sí es, ciertamente, bonito. A su aspecto agradable ayudan los dibujos infantiles, no cierto su planificación lingüística ni didáctica. Está claro que nadie puede aprender una lengua siguiendo una lista de palabras. Entre los gruesos errores está el dar por sentado que cada palabra tiene su exacta traducción, el evitar desde lejos los usos comunicativos, en la decisión de usar ejemplos en mapudungun (?), en la idea de disfrazar a un chico con vincha y capa para la tapa, además de muchos otros.

Pueden descargar este material en el siguiente

enlace : Aonekoayen – Preview

 

La mayoría de las lenguas autóctonas está desapareciendo. El fenómeno es conocido desde hace bastante tiempo, pero sólo en la década del ’90 la comunidad científica empezó a actuar seriamente, promoviendo una serie de iniciativas como la Declaración Universal de los Derechos Lingüísticos, programas de documentación y una campaña de difusión que, no muy existosa, intenta colocar el tema de las “lenguas en peligro” en debates más amplios como la colonización, la globalización y el ascenso del capitalismo mundial.

El movimiento de alarma ha creado una retórica tomada sobre todo de la ecología: el cambio climático y la desaparición de especies. El uso de metáforas como “la muerte de las lenguas” o “la revitalización lingüística” hace que a menudo se olvide que las lenguas no son organismos biológicos, si no construcciones sociales que no pueden separarse de las personas que las hablan.

La retórica de la amenaza intenta convencer de la importancia de mantener las lenguas y usa algunas estrategias que pueden ser muy perjudiciales para los hablantes. En primer lugar, se habla de números: “90%” de las lenguas está por desaparecer”, tal lengua cuenta con “sólo diez hablantes” y demás.  El problema es que contar las lenguas implica estar de acuerdo con el poder que se esconde detrás: ¿quién las cuenta? ¿según qué criterios? Una lengua no es una realidad tangible. También se cuentan los locutores, pero las lenguas son artefactos históricos y son las comunidades que deciden qué es una lengua y qué no, quién es un locutor y quién no. Por ejemplo, lengua urdu y la lengua hindi  (habladas en India y Pakistán respectivamente) pueden ser vistas como la misma lengua por los lingüistas, pero seguramente no lo son para las comunidades que las hablan. La lengua “serbocroata” hablada en la antigua Yugoslavia, está hoy dividida en serbo, croato, macedonio, bosnio, montenegrino y se escribe con diferentes reglas y alfabetos. ¿Cómo se la cuenta? ¿Y a los locutores? ¿quién decide quién es un “buen hablante” de una lengua? Las comunidades pueden tener visiones totalmente distintas de un experto externo sobre el ideal de buen lenguaje.

Otro argumento retórico es la valorización exagerada de las lenguas autóctonas, a menudo calificadas de “tesoro” de “valor inestimable”. Se usa este argumento porque de hecho es muy difícil convencer a la gran público que esto es verdad. Esta idea deriva de la percepción opuesta: durante mucho tiempo las lenguas indígenas fueron consideradas “inútiles” o “primitivas”. Sin embargo, considerar que son de una “riqueza extraordinaria” es de algún modo decir que no tienen un valor lingüístico real, es decir: que pueden ser usadas como medio de comunicación ordinaria. Los hablantes de lenguas amenazadas necesitan lo exacto contrario: percibir que su lengua sirve para ser hablada.

Ligada a esta idea está la imagen frecuentemente abusada en estos discursos de que las lenguas son “ancestrales”, un título sin sentido alguno. Si “ancestral” significa “de los ancestros” podemos decir que todas las lenguas son ancestrales y entonces el adjetivo no corresponde. Si significa “antiguo” se trata nuevamente de un prejuicio contra las lenguas que se consideran “primitivas”: todas las lenguas, de hecho, tienen la misma edad, y cambian continuamente.

La idea anterior está claramente ligada con la de “preservación”. También en este caso, preservar algo implica su inminente desaparición. Preservamos sólo aquello que sabemos que no es común o que puede desaparecer. Además, ¿quiénes y cómo se preservan las lenguas? Lo hacen “expertos” externos a las comunidades, y deciden entonces cuál es la norma y cuál no y, como un cirujano, seleccionan de la lengua lo que puede ser rescatado, desconociendo el contexto social en que la lengua se habla y, sobretodo, los intereses de la comunidad. El proceso de “purificación” impuesto produce una lengua tan artificial como lejana de las reales necesidades de los hablantes, porque tiene como objetivo separar la “naturaleza” de las sociedades.

Por otro lado, la participación de los “expertos” en estos procesos no está libre de poder. Su presencia altera tanto la comunidad como la lengua. Se prefieren a los locutores ancianos, no se registra la mezcla de variedades, se prefieren ciertos usos y se abandonan otros. Se intenta, por ejemplo, registrar los mitos (los relatos fundamentales de un pueblo) para después conservarlos en forma de “narraciones”, una noción occidental de la literatura que ignora entre otras cosas el valor simbólico y poético de la palabra. El objetivo de estas operaciones es crear la idea de una lengua como un objeto concreto y fijo.

El tercer argumento de la retórica a favor de las lenguas en peligro es la idea de “propiedad universal”: las lenguas son un bien de la Humanidad y salvaguardarlas es mantener la riqueza de todos. Este argumento intenta despertar la conciencia de la comunidad entera pero, si bien es cierto que la actitud de todos es importante para respetar los usos lingüísticos de los demás, esto no implica que los códigos que otros usan sean de “nuestra común propiedad”.  Esta idea deriva también del paralelo con otro tipo de recursos y va sólo en una dirección: la selva amazónica es “propiedad de todos”, pero el centro de Nueva York pertenece a sus propietarios legales. Se trata una vez más de otro tipo de explotación, y así es percibido por muchas comunidades: “nos han quitado todo, y ahora quieren también llevarse nuestra lengua”.

Este tipo de discursos va de la mano del llamdo “Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad” (o “intangible”) iniciativas que miran a “proteger” y “conservar” prácticas culturales que un grupo de expertos considera en peligro de desaparecer. Una vez más, la dinámica de los procesos de cambio no interesa a nadie. Los templos hindúes, por ejemplo, están siempre pintados de colores chillones y alegres, menos aquellos “protegidos” por la UNESCO, porque está prohibido modificarlos. Para ciertas religiones, sin embargo, la construcción continua de sus templos es en sí la función que cumplen. Podemos hacer un paralelo con las lenguas e imaginar que la “preservación” atenta contra el cambio, un proceso natural en todas las lenguas del mundo.

La apropiación de las lenguas y los discursos retóricos van tan lejos como para asumir que las causas del abandono pueden establecerse desde afuera. Es así como se incorpora la idea de que “las lenguas fueron abandonadas porque los hablantes fueron perseguidos” o que “las madres dejaron de usar la lengua para proteger a sus hijos”. Estas ideas niegan, entre otras cosas, que el multilingüismo es la condición natural de las personas, y trata a los hablantes de lenguas minoritarias como personas sin capacidad de agencia, sujetos sin reacción.  Las causas del abandono de las lenguas son, como todo, mucho más complejas y sólo pueden ser entendidas desde adentro. Afirmar esto no implica en absoluto negar el poder colonial ni el capitalismo global, si no, al contrario restituir a los hablantes y a las comunidades la autoridad sobre sus prácticas culturales, reconocer y aceptar sus actitudes y sus decisiones.

Una lengua no es un objeto, no puede ser medida y depositada para su conservación. Una gran parte de la lingüística (y todo nuestro sistema escolar) ve a las lenguas como una estructura (y no como una práctica), como una competencia (y no como una producción), como una gramática (y no como un discurso). ¿Cuál es el peligro de todo esto? El de olvidar la vida social de la lengua, su rol político e identitario, los deseos y esperanzas de los hablantes. En particular,  se ignora que la ‘lengua’ es una idea sostenida por una comunidad.

Una de las “lenguas en peligro” es la aonekko, conocida como “tehuelche”. Es una idea sostenida por un reducido grupo de personas que intentan con mucho cuidado y esfuerzo, recuperar parte de su identidad, fortalecerse y recuperar los lazos con un pasado que muchas veces les fue negado conocer.

 

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