El documental del Canal Encuentro ‘Guardianes de la lengua’.

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En noviembre de 2017, el canal estatal Encuentro mostró un documental sobre la “guardiana de la lengua” aonekko, Dora Manchado.  En el programa, además, un grupo de gente de la comunidad cuenta su relación con la lengua y muestra su interés en la recuperación. Hay una entrevista a Ana Fernández Garay, y otra a Marcela Alaniz, de la Modalidad Intercultural Bilingüe del Consejo Provincial de Educación (Santa Cruz), que colaboraron con la producción. De más está decir que la lengua es llamada ‘tehuelche’, por decisión de la producción y el canal, y en contra de los deseos de la comunidad.

El documental, bien narrado y con bonitas imágenes, repite todos los lugares comunes posibles acerca de las lenguas en peligro. En especial, el avance concentra en un minuto todo lo que no debería decirse sobre una lengua.

La lengua como  ‘legado precioso’ abre las imágenes. Le sigue la idea de “lengua ancestral”, un concepto sin ningún sentido. Todas las lenguas del mundo tienen la misma edad. La palabra “ancestral”, entonces, no puede referirse a la edad. No puede ser un sinónimo de “antiguo”. Si, por otro lado, lo que se quiere decir es que es la lengua de los ‘ancestros’, también está equivocado. En primer lugar cualquier lengua es la lengua de algún ancestro. Pero esto también es inexacto, porque todas las lenguas van cambiando y nadie habla de la misma manera de sus ancestros. Lo más grave es que este tipo de frases, de tanto impacto sensacionalista, barren de un plumazo la idea de recuperación. Se note la diferencia entre “la lengua ancestral del pueblo tehuelche” y “la lengua del pueblo tehuelche”.

 Más adelante, se ilustra la ‘transmisión’ como relativa a un objeto, y se muestra la documentación como una colección de palabras, y no de usos. En un minuto barre de un plumazo el trabajo antropológico y comunitario que se está haciendo de a poco en función del uso social de la lengua.

La definición de lengua está dada desde afuera: la competencia lingüística de una persona depende de los especialistas en el tema, y no de los hablantes.  El video comienza con una entrevista a Ana Fernández Garay, la lingüista argentina que más se ha dedicado al estudio de la lengua, donde dice que “la única persona que hoy queda es Dora Manchado”. La construcción de una “última hablante” parte desde los expertos, no de los hablantes y no de gente de la comunidad. Lo mismo sucede con la definición de “lengua”, que puede variar según cada comunidad de hablantes. En este caso, la definición de “lengua tehuelche” se da en un café de Buenos Aires.

Las ideologías lingüísticas son pasadas por alto, y las actitudes son una serie de lugares comunes. Se habla de que “nuestros mayores no quisieron enseñarnos la lengua para protegernos” sin un mayor análisis antropológico de cuáles son las representaciones puestas en escena. Hacer una etnografía de las actitudes e ideologías lingüísticas, más bien, no es sencillamente repetir lo que la gente dice si no observar lo que hace, y ponerlo en contexto.

La lengua deviene una excusa. Todos hablan alrededor de la lengua, y nadie habla de la lengua, mucho menos en lengua. Las pocas veces que sucede es de la boca de Dora Manchado en forma de ‘colección de palabras’, algo que nada tiene que ver con los usos lingüísticos. Anotar algunas palabra en una libreta no es un usar la lengua. Para colmo, esas palabras son números o colores, dos áreas semánticas clásicas en antropología por la diferencia de percepción que existe entre las lenguas. Sin embargo fueron las únicas palabras que merecieron ser ‘coleccionadas’.

En otro momento del video hay un par de saludos fuera de contexto. En una “clase de lengua” en una oficina del Minsterio de Educación de la provincia de Santa Cruz se llega al punto de mostrar una profesional, la antropóloga Marcela Alaniz (¡que no conoce la lengua!), que simula frente a las cámaras enseñar a saludar a personas de la comunidad.  Es un material interesantísimo para observar y para criticar con seriedad. Por ahora, les dejo este comentario (el mismo que sigue al artículo ‘manual de lengua’).

Pueden ver el documental en este enlace : https://www.youtube.com/watch?v=79S4UyOqBjw (consultado el 30 de abril de 2018)

La mayoría de las lenguas autóctonas está desapareciendo. El fenómeno es conocido desde hace bastante tiempo, pero sólo en la década del ’90 la comunidad científica empezó a actuar seriamente, promoviendo una serie de iniciativas como la Declaración Universal de los Derechos Lingüísticos, programas de documentación y una campaña de difusión que, no muy existosa, intenta colocar el tema de las “lenguas en peligro” en debates más amplios como la colonización, la globalización y el ascenso del capitalismo mundial.

El movimiento de alarma ha creado una retórica tomada sobre todo de la ecología: el cambio climático y la desaparición de especies. El uso de metáforas como “la muerte de las lenguas” o “la revitalización lingüística” hace que a menudo se olvide que las lenguas no son organismos biológicos, si no construcciones sociales que no pueden separarse de las personas que las hablan.

La retórica de la amenaza intenta convencer de la importancia de mantener las lenguas y usa algunas estrategias que pueden ser muy perjudiciales para los hablantes. En primer lugar, se habla de números: “90%” de las lenguas está por desaparecer”, tal lengua cuenta con “sólo diez hablantes” y demás.  El problema es que contar las lenguas implica estar de acuerdo con el poder que se esconde detrás: ¿quién las cuenta? ¿según qué criterios? Una lengua no es una realidad tangible. También se cuentan los locutores, pero las lenguas son artefactos históricos y son las comunidades que deciden qué es una lengua y qué no, quién es un locutor y quién no. Por ejemplo, lengua urdu y la lengua hindi  (habladas en India y Pakistán respectivamente) pueden ser vistas como la misma lengua por los lingüistas, pero seguramente no lo son para las comunidades que las hablan. La lengua “serbocroata” hablada en la antigua Yugoslavia, está hoy dividida en serbo, croato, macedonio, bosnio, montenegrino y se escribe con diferentes reglas y alfabetos. ¿Cómo se la cuenta? ¿Y a los locutores? ¿quién decide quién es un “buen hablante” de una lengua? Las comunidades pueden tener visiones totalmente distintas de un experto externo sobre el ideal de buen lenguaje.

Otro argumento retórico es la valorización exagerada de las lenguas autóctonas, a menudo calificadas de “tesoro” de “valor inestimable”. Se usa este argumento porque de hecho es muy difícil convencer a la gran público que esto es verdad. Esta idea deriva de la percepción opuesta: durante mucho tiempo las lenguas indígenas fueron consideradas “inútiles” o “primitivas”. Sin embargo, considerar que son de una “riqueza extraordinaria” es de algún modo decir que no tienen un valor lingüístico real, es decir: que pueden ser usadas como medio de comunicación ordinaria. Los hablantes de lenguas amenazadas necesitan lo exacto contrario: percibir que su lengua sirve para ser hablada.

Ligada a esta idea está la imagen frecuentemente abusada en estos discursos de que las lenguas son “ancestrales”, un título sin sentido alguno. Si “ancestral” significa “de los ancestros” podemos decir que todas las lenguas son ancestrales y entonces el adjetivo no corresponde. Si significa “antiguo” se trata nuevamente de un prejuicio contra las lenguas que se consideran “primitivas”: todas las lenguas, de hecho, tienen la misma edad, y cambian continuamente.

La idea anterior está claramente ligada con la de “preservación”. También en este caso, preservar algo implica su inminente desaparición. Preservamos sólo aquello que sabemos que no es común o que puede desaparecer. Además, ¿quiénes y cómo se preservan las lenguas? Lo hacen “expertos” externos a las comunidades, y deciden entonces cuál es la norma y cuál no y, como un cirujano, seleccionan de la lengua lo que puede ser rescatado, desconociendo el contexto social en que la lengua se habla y, sobretodo, los intereses de la comunidad. El proceso de “purificación” impuesto produce una lengua tan artificial como lejana de las reales necesidades de los hablantes, porque tiene como objetivo separar la “naturaleza” de las sociedades.

Por otro lado, la participación de los “expertos” en estos procesos no está libre de poder. Su presencia altera tanto la comunidad como la lengua. Se prefieren a los locutores ancianos, no se registra la mezcla de variedades, se prefieren ciertos usos y se abandonan otros. Se intenta, por ejemplo, registrar los mitos (los relatos fundamentales de un pueblo) para después conservarlos en forma de “narraciones”, una noción occidental de la literatura que ignora entre otras cosas el valor simbólico y poético de la palabra. El objetivo de estas operaciones es crear la idea de una lengua como un objeto concreto y fijo.

El tercer argumento de la retórica a favor de las lenguas en peligro es la idea de “propiedad universal”: las lenguas son un bien de la Humanidad y salvaguardarlas es mantener la riqueza de todos. Este argumento intenta despertar la conciencia de la comunidad entera pero, si bien es cierto que la actitud de todos es importante para respetar los usos lingüísticos de los demás, esto no implica que los códigos que otros usan sean de “nuestra común propiedad”.  Esta idea deriva también del paralelo con otro tipo de recursos y va sólo en una dirección: la selva amazónica es “propiedad de todos”, pero el centro de Nueva York pertenece a sus propietarios legales. Se trata una vez más de otro tipo de explotación, y así es percibido por muchas comunidades: “nos han quitado todo, y ahora quieren también llevarse nuestra lengua”.

Este tipo de discursos va de la mano del llamdo “Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad” (o “intangible”) iniciativas que miran a “proteger” y “conservar” prácticas culturales que un grupo de expertos considera en peligro de desaparecer. Una vez más, la dinámica de los procesos de cambio no interesa a nadie. Los templos hindúes, por ejemplo, están siempre pintados de colores chillones y alegres, menos aquellos “protegidos” por la UNESCO, porque está prohibido modificarlos. Para ciertas religiones, sin embargo, la construcción continua de sus templos es en sí la función que cumplen. Podemos hacer un paralelo con las lenguas e imaginar que la “preservación” atenta contra el cambio, un proceso natural en todas las lenguas del mundo.

La apropiación de las lenguas y los discursos retóricos van tan lejos como para asumir que las causas del abandono pueden establecerse desde afuera. Es así como se incorpora la idea de que “las lenguas fueron abandonadas porque los hablantes fueron perseguidos” o que “las madres dejaron de usar la lengua para proteger a sus hijos”. Estas ideas niegan, entre otras cosas, que el multilingüismo es la condición natural de las personas, y trata a los hablantes de lenguas minoritarias como personas sin capacidad de agencia, sujetos sin reacción.  Las causas del abandono de las lenguas son, como todo, mucho más complejas y sólo pueden ser entendidas desde adentro. Afirmar esto no implica en absoluto negar el poder colonial ni el capitalismo global, si no, al contrario restituir a los hablantes y a las comunidades la autoridad sobre sus prácticas culturales, reconocer y aceptar sus actitudes y sus decisiones.

Una lengua no es un objeto, no puede ser medida y depositada para su conservación. Una gran parte de la lingüística (y todo nuestro sistema escolar) ve a las lenguas como una estructura (y no como una práctica), como una competencia (y no como una producción), como una gramática (y no como un discurso). ¿Cuál es el peligro de todo esto? El de olvidar la vida social de la lengua, su rol político e identitario, los deseos y esperanzas de los hablantes. En particular,  se ignora que la ‘lengua’ es una idea sostenida por una comunidad.

Cualquier lengua es una invención, pero es una invención con una realidad social.

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