Postales de la Patagonia

Schermata 2018-04-22 alle 18.08.33Este es un artículo que fue encargado en agosto de 2017 por un periodista del diario alemán Freitag, Christian Füller. Suele suceder que la gente quede fascinada cuando escucha que hay una lengua donde “queda una última hablante”.  Esta construcción (la idea de lengua como objeto o como tesoro, la idea de ‘hablante’, la idea de número) es algo que en nada ayuda a la gente que quiere hacer de la lengua una práctica social.

El pedido fue discutido en grupo y pareció una buena oportunidad para darse a conocer, y para juntar fondos. Cuando el texto estuvo listo, recibimos como respuesta del periodista que lo encargó que él “ya no trabajaba más en el diario”. Es decir, que el artículo ya no servía.

A pesar de que insistimos para que se encontrara un modo de publicarlo, no hubo respuesta. Es un caso más que muestra cómo los medios desconocen los intereses, las necesidades y hasta los sentimientos de la gente para la cual dicen trabajar. En este caso, la responsabilidad del periodista es mayor, porque fue él quien pidió que se escribiera algo.

De esa manera se pierde la construcción colectiva de un texto y el trabajo en conjunto. Las actitudes lingüísticas (los sentimientos y valores que cada comunidad tiene de su propia lengua) se ven seriamente afectadas por culpa de estas cosas. La confianza en los externos  (entre los que me incluyo) se pierde con razón, y no es fácil recuperarla.

Finalmente, el artículo fue publicado en abril de 2018 no en alemán, si no en francés, por la Universidad de Montréal, en Canadá.

POSTALES PATAGÓNICAS

Mi abuela vivió la mayor parte de su vida en Argentina, pero nunca habló castellano. No sé qué pensarían de ella los que no entendían el véneto. Para mí era una viejita sufrida sí, pero llena de fantasía y alegría. Algo parecido pasa con Dora: quien la conozca a través de su castellano

particular tendrá una opinión. Quien sepa al menos saludar con un “waienguesh!”, tendrá seguramente otra. Si alguien lo duda, que pruebe preguntarle si miento al Peke, el único perro en el mundo que entiende aonekko ‘a’ien, o tehuelche, la lengua de los patagones – la lengua de Dora.

Que se pruebe también, para mejorar la impresión, salir con ella a dar una vuelta en auto. La conversación se vuelve mucho más divertida: “Akkekkekk! ¡Mirá qué gorda esa mujer!”, o “ese viejo parece que se cagó encima”, y “¿a dónde irá vestida así esa chica?”. Es que a Dora le gusta mirar a la gente y siempre tiene algo para decir, pero no tiene a nadie a quién decírselo, porque ya nadie habla su lengua.

No sé si yo me llevo bien con Dora porque hablo o intento hablar su lengua, o si es al revés. Lo más probable es que sea una mezcla de las dos cosas. Llegué hace un año y medio a Río Gallegos, en el extremo sur de América, sólo para conocer su lengua, y Dora lo sabe perfectamente. Me estudió, me mantuvo a distancia y gracias a varias comidas compartidas juntos (y con el Peke) finalmente fue cediendo. Sigo siendo un hombre blanco, un qade, pero ya con el título de el Qade.

Dora está acostumbrada a este trabajo y a estas relaciones. Mil y una veces me oye preguntarle lo mismo y me sigue respondiendo con una paciencia extensa como las distancias por estos lados. No sé si lo hará también para al menos tener a alguien con quién hablar.

No soy el único que la buscó por ese motivo: durante años trabajó como informante de lingüistas y pseudo-lingüistas, antropólogos y pseudo-antropólogos, coleccionistas de curiosidades: “Doña Dora, ¿cómo era que se decía “hola”?”. Fue gracias a su trabajo de traducción de textos en lengua que el tehuelche pudo ser estudiado y descripto. Gran parte de la información que dio, el modo de describir el mundo de su pueblo, está hoy en libros que se venden a los curiosos o a los turistas de esta región tan exótica para los extranjeros.

Mi trabajo tiene un alma muy diferente, porque no es verdad que nadie habla la lengua. Hay un grupo de gente que intenta recuperarla y alrededor de ellos gira mi investigación antropológica. La razón social es intentar reconstruir la identidad de quienes ocultaron o ignoraron, o jamás conocieron su ser tehuelche. Esta buena causa no impide, sin embargo, que siga sintiéndome un

estúpido cada vez que llega la noche y repaso mis grabaciones donde oigo que pregunto cómo se dice “dónde está mi bufanda” y a Dora responderme que le duele la rodilla. Esa culpa llega mucho más temprano las veces en que ya por su voz al decir “hola” (y no “waienguesh”) puedo intuir que “hoy no es día”: se peleó con alguien, le duele algo, está cansada o todavía no cobró, y sé que no tiene sentido preguntarle nada.

En verdad preguntar nunca sirve demasiado. Lo ideal no es disparar una ráfaga de “cómo se dice”, si no dejar que Dora hable. Si golpean a la puerta, Dora dirá “gonko kajieshm!” y sabremos cómo se dice “están golpeando a la puerta”. Y si no, será mejor no preguntarlo. Si las papas están duras, sabremos cómo se dice “duro”, y “tierno” quedará para otro día y otras papas. Si el barro de las calles hacen que el auto patine puede decir “nos encajamos”, pero no puede recordarlo en una clase con pizarrón, donde no hay barro ni auto, ni posibilidades de encajarse. Dora lleva su lengua adentro, como debe ser. No la tiene preparada y envuelta para dársela a los demás.

Si el objetivo fuera documentar la lengua por el bien de la ciencia yo ya no sabría cómo cumplirlo. Lo importante hoy es poder registrar frases que puedan serle útiles a los tehuelches en su proceso de recuperación: “mañana te llamo”, “no tengo plata” o “abrigate bien, que hace frío”. Todo esto hay que registrarlo sentado en la cocina de Dora y evitando los ladridos del Peke, el silbido de una pava o el zumbido del horno, siempre prendido en un invierno patagónico.

Recibo muchas recompensas. Se puede leer el agradecimiento en el “nakl nakl qade” de la remera que llevo puesta, y tomo café en la primera taza escrita en tehuelche de la Historia: “te vamos a extrañar, volvé pronto”.

En mi última visita intenté lograr que armen un plan de recuperación de lengua: ¿qué quieren lograr? ¿con qué y con quiénes cuentan? No es nada fácil, aprender una lengua parece una tarea imposible y es una buena táctica empezar por quitarle el miedo. Después de un par de días de teorías y charlas nos dedicamos a aprender jugando. Claudia y Paulo propusieron una búsqueda del tesoro: habían hecho un mate, pan, cubiertos en cartapesta. Contábamos hasta con un huevo frito. Dos grupos de grandes y chicos tenían que buscar por el lugar los objetos de una lista. Anotarlos no valía, la idea era recordarlos de memoria.

Dora, sentada, se divertía. Un poco ayudaba a ganar si algún chico le preguntaba “Dorita, dale, ¿qué era kkaten?”, un poco ayudaba a perder y escondía el ‘atch bajo su bufanda. Ni intento

imaginar qué sentiría al ver que los chicos corrían diciendo “¡falta el paijjen, falta el paijjen!”. Hay días en que “nadie me pregunta nada” o “ya no sé para qué vengo, si no viene nadie”. Otros, como aquel, sale de buen humor de las reuniones, fuerte de protagonismo y contenta que la lengua se hable. Es por eso que esa vez mi colega y yo la invitamos a tomar un café, llevarla a la casa hubiera sido injusto.

El lugar, por supuesto, lo eligió Dora. En el centro de Río Gallegos existe una casa de té que desentona abiertamente con el resto de la ciudad. Afuera no había clases desde principios de año, la justicia no trabajaba y hasta los los jubilados hacían huelga. Adentro, con pretendido aire inglés, una chica rubia nos preguntaba si preferíamos cheese cake o lemon pie, tal vez un apple crumble.

A pesar de poner nuestra mayor voluntad nos costaba mantener una conversación en un ambiente tan frío – mucho menos en tehuelche.

Dora nos contó que antes era eso una kau maip (casa de fotografías, o de embrujos – según se quiera interpretar). Se me ocurrió entonces pedir un álbum, muestras de imágenes que están a la venta. A Dora le gusta mirar fotos, y tal vez así podíamos salir de la incomodidad.

Apareció primero una serie de accidentes aéreos. Algún fotógrafo se dedicó a coleccionar aviones destrozados. Dora se reía mucho, y siempre notaba algún detalle: “ahí atrás anda un perro blanco olfateando”. Después había autos antiguos, unas páginas más adelante algunos animales, paisajes. Cada una de estas páginas tenía un título: aviones, automóviles, animales, paisajes, aborígenes. En esa última Dora reconocía mucha gente: a su hermana, a su tía, a su mamá – inclusive cuando se la ve de espaldas cruzando la calle tapada con una manta: “ese día había ido a comprar algo”.

En otra imagen se dejaba ver un hombre de pelo largo y le preguntamos a Dora quién era: “no sé cómo se llamaba. Era un qade tonto”. “¿Un qade, Dora? Acá dice ‘indio tehuelche – Río Gallegos’”. Dora se reía “¡qué va a ser tehuelche ese! Es un qade que fue a visitarnos, se puso un kkerronwe, un kai, y le sacaron la foto.”

Es una lástima que nadie le haya preguntado a Dora cómo clasificar esas fotos, serían un buen ejemplo de cómo funcionan los estereotipos. Quizás si yo así vestido entraría en la categoría de “indio de la Patagonia”.

Lo que no nos animamos a decirle a Dora es que esas fotos en realidad eran (y siguen siendo) postales, un lindo recuerdo patagónico. Hay quienes eligen pingüinos o guanacos, otros prefieren tehuelches. Tal vez parezcan más originales.

Algo así como si yo fuera a una casa de té en mi ciudad y pudiera llevarme de souvenir una foto de mi abuela, esa que no hablaba castellano. Hay un ingrediente más: yo fotos de mi abuela tengo, muchas. Dora no tiene fotos de su mamá.

Al pagar la cuenta – más cara de lo que saldría en Suiza – quisimos decir que tal vez harían mejor en repensar la categoría “aborígenes” para ese grupo de fotos. “¿Gente de antes?” Con Dora a dos pasos hubiera sonado extraño. “¿Antiguas costumbres?” No seguro esa de sacarse una foto en broma. “¿Personas?” Lo cierto es que no se me ocurriría nada mejor, no se trata del título.

Imágenes de los patagones han recorrido el mundo desde que Magallanes los encontró: buenos y gigantes, encarnaron el ideal del buen salvaje para el imaginario europeo. Grupos de patagones fueron llevados a las exhibiciones de humanos de Berlín y de St. Louis para que el público se deleitara con su presencia. Muchas de las fotos de “antiguos tehuelches” que hoy circulan fueron tomadas en estudios de fotografía de esas ciudades. A la vuelta de una de estas exposiciones el antropólogo alemán Lehmann-Nitsche grabó por primera vez, a partir de las voces de los que sobrevivieron el viaje, su lengua – esa lengua que hoy se intenta recuperar.

Es difícil sostener esta ilusión en un país donde se repite hasta el cansancio que “los indios se extinguieron” y que somos todos hijos de inmigrantes.

Es difícil recuperar una lengua cuando nadie sabe que existís, y por eso intento convencer a la gente de la comunidad que adquirir visibilidad es primordial. Se trata nada menos que de aumentar su autoestima.

De regreso a mi Bariloche, la ciudad más turística de la región, estoy tan sensible a la palabra “tehuelche” que la noto en la mayoría de los libros expuestos en el quiosco de la terminal de buses. En pasado, claro: “así contaban”, “una raza en extinción”, “los antiguos tehuelches”. Saco una foto y la mando por whatsapp. Desde Río Gallegos Susana recoge el guante y sube una postal patagónica de aquel día de la búsqueda del tesoro: “¿Extinguidos? No, si acá estamos.”

Acá está el artículo en francés,

enlace : cartes_postales_de_la_patagonie_j_7

Al día de hoy (21 de abril, 2018) se puede leer en el sitio del departamento de antropología de la universidad :

http://anthropo.umontreal.ca/fileadmin/Documents/FAS/Anthropologie/Documents/5-Departement/Éditions/cartes_postales_de_la_patagonie_j_7.pdf

y acá, el artículo original en castellano con el encabezado en alemán. Algunas cosas del original ya no tenían sentido, y fueron cambiadas :

Patagonische Postkarten

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